MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Niña! —le dijo por lo bajo don Dámaso. Luego añadió en voz alta—. Es justo que los defensores del orden persigan a los revoltosos. Vea usted, señor oficial, usted es testigo que yo no he opuesto ninguna resistencia. ¡Bien estábamos que yo me pusiese a ocultar demagogos cuando, con los revolucionarios, la gente que tiene algo es la que pierde!
Mientras que los soldados registraban minuciosamente cada rincón del cuarto, don Dámaso seguÃa disertando contra todo el partido liberal, y Leonor se sentaba en el sofá temblando por la suerte de Rivas.
Éste, conocedor de la casa, atravesó varias piezas y llegó al patio por la puerta del escritorio de don Dámaso.
En ese momento dejaba Leonor la pieza en la que seguÃan las pesquisas de la tropa y salÃa también al patio a ver si Rivas habÃa salido de la casa.