MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Leonor! —volvió a gritar don Dámaso, golpeando la puerta.
—Huya por aquÃ, MartÃn —dijo la niña, abriendo otra puerta—, usted conoce la casa, puede salir por el escritorio de mi papá y llegar a la calle mientras le buscan en este cuarto.
—Y allà me perseguirán otros —contestó Rivas.
Los golpes redoblaban y se oyó la voz de Ricardo Castaños que amenazaba echar abajo la puerta.
—Si usted me ama, huya, por Dios —exclamó Leonor llena de ansiedad.
—Si consigo salvarme, volveré —dijo Rivas—, y si no fuera por la reputación de usted, preferirÃa disputarles aquà mi libertad.
Leonor le empujó fuera del cuarto y cayó en un sofá casi sin sentido.
La voz de su padre la sacó de su estupor, y dirigiéndose a la puerta a que éste llamaba, la abrió de par en par.
—Señorita —le dijo Ricardo—, un penoso deber me obliga a pedirle me permita registrar esta pieza.
—Registre usted, caballero —contestó Leonor con altanero ademán—, un vencedor —añadió con ironÃa— no empeña su gloria prestándose a esto que usted llama un triste deber.