MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —No sé si soy el más digno de su amor —dijo MartÃn—, pero aseguro sà que soy el más amante. ¿Qué poder tenÃa yo para defenderme de su belleza? Me dejé vencer por ella sin preguntarme lo que podÃa esperar, y cuando quise combatir, me hallaba ya sin fuerzas contra la pasión que se habÃa apoderado de mi pecho. Desde entonces nada pudo arrancarla ya del corazón, ni el sentimiento de dignidad que la condenaba, ni la falta de esperanza, ni el desdén con que usted a veces recibÃa mis miradas. Asà fue que esta mañana jugaba con placer mi vida, porque me creÃa despreciado por usted y veÃa que sólo la muerte podrÃa extinguir mi amor.
La niña oyó aquellas palabras con avidez y dejó que Rivas besase con ardor sus manos. HabÃa pedido tanto al cielo por el hombre que tenÃa a sus plantas, que creÃa escuchar su apasionado lenguaje por el milagro de una resurrección.
MartÃn iba a proseguir cuando se oyeron voces y fuertes golpes dados a la puerta. —¡Leonor!— gritó don Dámaso desde afuera.
Leonor corrió hacia la puerta; miró por el ojo de la llave y vio a su padre acompañado de Ricardo Castaños y de algunos soldados que se mantenÃan a distancia.
—Está usted perdido si no huye —dijo corriendo hacia MartÃn—, hay allà un oficial y algunos soldados.