MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —CastÃgueme usted, es muy justo —contestó ella con una adorable sonrisa de sumisión.
—Pero este momento recompensa con usura lo que mi amor me ha hecho sufrir —replicó MartÃn con apasionada voz.
Y, sin darse cuenta de lo que hacÃa, dejó su asiento y se puso de rodillas delante de Leonor, estrechándole con pasión las manos, que ella le abandonaba.
—Hemos sido muy locos, MartÃn —dÃjole la niña, perdiendo su mirada en el ardiente reflejo de los ojos con que él la contemplaba extasiado—. ¿No nos habÃamos dicho varias veces con los ojos que nos amábamos? Ah, es muy cierto. Usted tiene siempre razón; yo he tenido la culpa. De todos los hombres que me rodeaban, usted, el de más humilde posición, me parecÃa el más noble y tenÃa miedo de confesarme a mà misma la preferencia de mi corazón. Pues bien, desde ahora sabré enmendarme, porque su amor me enorgullece.