MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Qué importa su posición si yo le amo! —exclamó Leonor, dirigiendo a los ojos de MartÃn su profunda mirada.
—Oh, repÃtame, Leonor, esa palabra —le dijo MartÃn, con loca alegrÃa, apoderándose de las manos de la niña.
—SÃ, le amo y no lo ocultaré a nadie —repuso Leonor—. Esta mañana he recordado todos los dÃas desde que usted llegó, y veo que he sido cruel por orgullo; si usted hubiese muerto hoy —añadió palideciendo—, jamás habrÃa podido perdonármelo ni consolarme. Aun cuando no hubiese recibido su carta, nadie habrÃa podido quitarme de la imaginación que yo tenÃa parte en la desesperada resolución que usted ha tenido; mal hecho, MartÃn, de exponerme asà a llorar toda la vida.
—¿PodÃa yo adivinar mi felicidad, después que se me despedÃa de su casa?
—¡Y por qué se le despedÃa! Si no le hubiese amado, ¡qué me importaba que usted amase a esa pobre niña!
—Mi esperanza, Leonor, me lo decÃa, pero ¿cómo averiguarlo?
—Preguntándomelo.
—Usted olvida ahora —dijo sonriéndose el joven— que tiene a veces miradas que helarÃan la sangre del más atrevido, y que no ha dejado de emplearlas muchas veces conmigo.