MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Y sacando de su cuello un fino pañuelo de batista, que llevaba a guisa de corbata, lo aplicó sobre la herida, después de apartar la manga de la camisa.
—Me ha hecho usted sufrir en esta mañana más que en toda mi vida —le dijo mientras le vendaba la herida con el pañuelo—. ¿Por qué no vino usted anoche, como lo prometió a mi hermano?
—Señorita —contestó MartÃn, resuelto a repetir la revelación que habÃa hecho en su carta—, no tuve valor para venir. A pesar del tiempo que he pasado lejos de aquÃ, a pesar de mi interés por la causa por la que acabo de exponer mi vida, siempre mi amor a usted me ha dominado, y conocà que, viniendo anoche, me habrÃa tal vez faltado energÃa para hoy.
—¡Exponer asà su vida! —dijo Leonor en tono de reproche y bajando la vista—. ¿Por qué no me habló usted con la franqueza que emplea en su carta?
—Porque jamás tuve antes fuerzas para hacerlo. Además, ¿no me habÃa condenado usted por las apariencias?
—Es cierto, pero Edelmira misma me ha desengañado, mostrándome las cartas que usted contestaba a las suyas.
—Mi posición también me ha obligado a callar —añadió Rivas con tristeza.