Martín Rivas

Martín Rivas

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Martín se quedó de pie, en medio de la pieza, contemplando a Leonor, y pareciéndole que todo aquello era un sueño. Aquella hermosa niña, cuyo nombre acababa de invocar tantas veces en el estruendo de la refriega, estaba ahora a su lado, en la habitación que siempre había considerado como un santuario. Y la altiva belleza de altanera frente, de mirada desdeñosa, se acercaba a él con semblante risueño, aunque turbado, y le miraba con amor.

—Siéntese usted aquí —le dijo, acercándole una silla—. He recibido esta mañana su carta —añadió mirándole con ternura.

Iba a continuar, y dando un grito ahogado, se acercó precipitadamente al joven. —¡Ah! Usted está herido— le dijo tomándole el brazo, cuya mano estaba manchada de sangre.

—No debe ser nada, porque no siento dolor ninguno —contestó Martín.

—A ver, quítese la levita —replicó en tono de mando.

La manga de la camisa, que presentaba un gran espacio ensangrentado pegándose a la herida, que era muy leve, había estancado la sangre.

—No es más que un rasguño —dijo Martín.

—No importa, aseguremos la curación —repuso la niña.


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