MartÃn Rivas
MartÃn Rivas El joven, que acababa de arrostrar con serenidad los mil peligros de tres horas de combate, se turbó en presencia de aquella niña pálida, que fijaba en él, con indecible expresión de júbilo, sus grandes ojos llenos de lágrimas.
—Señorita —balbuceó—, yo vengo…
Pero no pudo proseguir, porque Leonor le tomó con ambas manos una de las suyas, diciéndole:
—Entre, entre ligero, que pueden verle.
Y MartÃn obedeció a la suave presión de aquellas manos y al dulce tono de imperio con que la niña acompañó ese movimiento.
Cerró entonces Leonor la puerta con la misma fuerza y ligereza que habÃa empleado para abrirla y dijo a MartÃn:
—SÃgame.
Atravesaron el patio, y en vez de entrar a las piezas en que se rezaba el rosario, Leonor abrió la del cuarto de AgustÃn y dio una vuelta por el segundo patio para entrar a su propia habitación, cuya puerta cerró tras MartÃn.
—Nadie nos ha visto —dijo con la agitación de una persona que acaba de dar una larga carrera.