MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Teniendo fija la vista en dirección al lugar del combate, divisó un grupo de hombres que se adelantaba hacia la casa. Al pasar bajo el balcón, uno de ellos se paró como para tomar aliento.
—Señorita —dijo a Leonor—, nos han vencido, los del Valdivia se pasaron al Gobierno. Dichas estas palabras, siguió corriendo tras los otros que se hallaban ya distantes. Leonor sintió discurrir por sus venas un frÃo repentino al pensar que, estando derrotados, MartÃn habrÃa muerto o estarÃa prisionero. Elevóse entonces su alma al cielo con nuevo fervor y, sin saber lo que hacÃa, comenzó a orar en alta voz, mezclando el nombre de Rivas a las ardientes palabras de su oración improvisada. En ese momento divisó, no lejos, a un hombre que corrÃa hacia la casa. Un instante después creyó que se encontraba bajo el influjo de alguna alucinación y a poco rato dio un grito de alegrÃa y bajó precipitadamente al patio: habÃa reconocido a MartÃn.
El patio estaba solo y la puerta de calle asegurada con llave y una gruesa tranca. Torció Leonor la llave y apartó la tranca con la misma facilidad que si ésta no hubiese tenido el peso enorme que cedió a su fuerza. Hecho esto en pocos segundos, abrió la puerta.
Rivas llegaba en ese instante y se encontró frente a frente con Leonor, más bella que nunca en el desorden de su traje y la palidez de su rostro.