MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Dignas eran de oÃrse las conversaciones a que en ambas piezas los acontecimientos del dÃa daban lugar, porque pintaban por una parte la fecunda inventiva de las alarmadas imaginaciones femeniles y la súbita reacción, por otra, que en el espÃritu y opiniones de los hombres habÃa operado el desenlace del sangriento drama de la mañana.
—Nos hemos escapado de una buena —decÃa don Dámaso a otros que el dÃa anterior se daban, como él, por liberales—. ¡Qué habrÃamos hecho con el triunfo de la canalla!
—Lo que ahora debe hacer el Gobierno es fusilar pronto unas dos docenas de esos revoltosos —observaba con enérgico acento uno que, encerrado toda la mañana en su cuarto, habÃa hecho mandas a todos los santos del calendario para que le librasen del peligro.
—Pero, hijita —decÃa al mismo tiempo una señora a doña Engracia, hablando de Rivas—, ese hombre debe ser un facineroso. ¿Es cierto que mató aquà en el patio a tres policiales?
—¡Ay, hijita! —exclamó otra—, ¿qué hubiera hecho yo con un hombre asà en mi casa? ¡Creo que me habrÃa muerto del susto! Pero ¿cómo entró aquà cuando la puerta estaba cerrada?
—Por los tejados, pues —respondÃa otra—, si esos liberales no tienen nada sagrado.
—O por el albañal, si no se paran en nada.