Martín Rivas
Martín Rivas Más pronto la imaginación inquieta pidió a la memoria otros recuerdos y huyó aquella alegría de las facciones del prisionero; llenóse de suspiros su pecho y, como ahogado por el pesar, se puso de pie y se acercó a la ventana. Sus labios dejaron escaparse con profundo pesar estas palabras:
—¡Pobre Rafael!
Y las lágrimas se agolparon a sus ojos, y los suspiros que llenaban su pecho se convirtieron en doloridos sollozos.
—¡Tan noble y tan valiente! ¡Pobre Rafael! —repitió con amargo pesar.
Lloró así largo rato, hasta que las lágrimas se agotaron dejando sus ojos escaldados; y entonces vino la reflexión del hombre, la resignación estoica del valiente, la serena conformidad del que ha consagrado su vida a una causa que cree justa.
«Tal vez ha sido más feliz que yo —se decía—, más vale morir combatiendo que fusilado».
Ni un solo músculo de su semblante se contrajo ante aquella idea, ni cambiaron de color sus mejillas. Su enérgico corazón miró de frente el peligro, burlando la máxima, generalmente verdadera, de que ni el sol ni la muerte pueden mirarse fijamente. Rivas poseía ese valor tranquilo que no necesita de testigos ni de admiradores y que encuentra su fuerza tal vez en algún privilegio peculiar de la organización nerviosa del individuo.