Martín Rivas

Martín Rivas

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Pero a la caída de la tarde y cuando su espíritu había recorrido no sólo las escenas del día, sino las de su vida entera; cuando un rayo de sol, después de atravesar diagonalmente la pieza, llegó a convertirse en un punto que también se borró, Martín sintió frío en el cuerpo y un amargo sentimiento en el alma; había llegado fatalmente al campo de las hipótesis a que llega todo el que se ve bajo el peso de alguna desgracia, y se decía: «Si yo hubiese sido menos orgulloso, habría sabido antes que Leonor me amaba y no estaría ahora aquí, sino a su lado».

Como se ve, en pocas horas la imaginación de Rivas había recorrido todas las fases que podía presentarle la situación en que se encontraba. Mas, ya lo dijimos, era valiente, y sin esfuerzo volvió a sentarse con tranquilidad en el lugar que había elegido primero, y cansado de pensar, buscó el olvido en el sueño.

Pocos momentos después, y cuando Rivas, cediendo al cansancio que le agobiaba, había principiado a quedarse dormido, el ruido de la puerta que se abrió con estrépito le sacó de su sopor.

Un soldado entró trayéndole, en una gran bandeja, algunas fuentes de comida. Tras él entró otro con una cama que el primero hizo colocar en un rincón del cuarto, dejando él mismo la bandeja sobre la ventana.

Después de esto, se acercó a Martín con aire de misterio.


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