Martín Rivas

Martín Rivas

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—Lea ese papelito y conteste luego —le dijo dejando caer un papel doblado en varios dobleces.

Y se alejó, poniéndose a arreglar la cama, mientras que Martín, lleno de asombro, leía lo siguiente:

«Mi papá ha conseguido que podamos enviarle diariamente la comida. Le remito una cama y en la almohada van papel y lápiz para que pueda contestarme. He

logrado que Agustín, venciendo sus temores, se gane al soldado que le lleva la comida. Ánimo, pues, yo velo por usted. Espero que surta buen efecto un empeño que he interpuesto para poder llegar hasta usted. Esta esperanza me da valor; pero aun cuando usted no me vea, no crea por eso que deja de pertenecerle entero el corazón de

»LEONOR ENCINA».

Martín contestó, palpitante de alegría, lo que sigue:

«Si un corazón amante puede pagar los sacrificios que usted hace por mí, usted sabe que el mío le pertenece. Esta mañana, los peligros, la muerte en mi rededor; después, su dulce voz, Leonor, abriéndome las puertas del paraíso; más tarde la prisión, la soledad, y luego, de nuevo esa voz poblando de mágicos cuadros las tristes paredes de un calabozo. ¡Ah, Leonor, todo esto me abisma y turba mi razón! En medio de este caos, lo único que brilla para mí, sereno y sin nubes, es un punto resplandeciente: ¡usted me ama!


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