Martín Rivas

Martín Rivas

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»Ya tal vez ha llegado a noticias de usted la muerte de Rafael. Murió como valiente, y era un noble corazón que el viento de la desgracia había marchitado. Mi felicidad inmensa, el amor de usted, no bastan en este momento para secar las lágrimas con que lloro; perdóneme, Leonor, esta confesión. Si el más feliz de los amantes no puede hacer olvidar al amigo, juzgue usted por ese efecto el lugar que su amor debe ocupar en mi corazón».

—Vamos, vamos —le dijo acercándose el soldado—, ya no puedo esperar más.

Martín agregó a la ligera las señales del lugar en que había quedado el cadáver de su amigo, rogando a Leonor que transmitiese esta noticia a la familia de San Luis, y entregó su carta al soldado, dándole el poco dinero que tenía. Probó después, apenas, la comida y vio con cierto desprecio cerrarse de nuevo la puerta de su calabozo. ¡Con la carta que estrechaba sobre el corazón, despreciaba la rabia de sus enemigos y sentía fuerzas para perdonarlos!

La lectura de esa carta y las ilusiones que creaba en el espíritu de Martín le ayudaron a sobrellevar con paciencia la soledad hasta el día siguiente. Por el mismo conducto recibió una segunda carta de Leonor, en la que le descubría, en un lenguaje tierno y sencillo, los tesoros de un amor que Martín nunca se había atrevido a esperar.


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