MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Y ha hecho usted muy bien, señor —respondió MartÃn, que habÃa recobrado su serenidad con las palabras de Leonor—. Espero que estas señoritas —añadió— me perdonarán mi involuntaria falta.
—Cómo no, caballero —le dijo doña Engracia—, es un contratiempo que puede suceder a cualquiera.
—Ciertamente, a cualquiera —repitió AgustÃn, viendo que todos tomaban el partido de Rivas—; lo que yo decÃa a usted era una plesanterÃa sin consecuencia.
Leonor habÃa aprobado con la cabeza las palabras de su madre, y MartÃn recibió esta pequeña señal como la absolución del ridÃculo que el origen de su aventura arrojaba sobre su persona.
Después de almorzar se informó de la situación del Instituto Nacional y de los pasos que debÃa dar para incorporarse a la clase de práctica forense en la sección Universitaria.
Practicadas todas sus diligencias, regresó a casa de don Dámaso y se puso a trabajar en el escritorio de éste, repitiéndose para sÃ:
—Ella no me desprecia.
Esta idea levantaba el enorme peso que oprimÃa a su corazón y le mostraba de nuevo la felicidad en los horizontes lejanos de la esperanza.