Martín Rivas

Martín Rivas

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Martín se puso encarnado, mientras que don Dámaso hacía señales a su hijo de callarse.

—Es cierto —contestó Rivas, tratando de aceptar la broma lo mejor que pudo.

—Pero hombre —replicó el elegante—, ¡ir a buscar calzado a la plaza! Por qué no me dijo usted, y le habría indicado un botero francés.

—¿Qué quiere usted? —Contestó Martín con orgullo—, soy provinciano y pobre. Lo primero explica mi aventura y lo segundo que un botero francés sería tal vez muy caro para mí.

—Tú nunca nos has referido las torpezas que cometiste, por ignorancia, al llegar a París —dijo Leonor a su hermano—, y por eso criticas al señor con tanta facilidad. Estas palabras las dijo Leonor con aire risueño, para disimular la acritud que envolvían, y sin mirar a Martín.

Rivas conoció que debía dar las gracias a la niña por la defensa que acababa de hacer de su causa, pero su turbación no le dejó decir una sola palabra.

Entre tanto Agustín, que conocía la superioridad de su hermana, no halló tampoco nada que contestar, y disimuló su derrota haciendo un cariño a Diamela, que su madre tenía ya en sus faldas.

—He contado su aventura a mi familia —dijo don Dámaso— para explicar la ausencia de usted anoche.


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