Martín Rivas

Martín Rivas

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—¿De modo que ese pobre muchacho no ha dormido en toda la noche? —dijo doña Engracia, acariciando a Diamela.

—Es decir, mamá —dijo Agustín—, que ha pasado la noche a la belle étoile. Es una aventura deliciosa.

—Pero oigan ustedes —repuso don Dámaso—, ese muchacho que va a comprar botines a la plaza y que sólo tiene veinte pesos al mes para todos sus gastos, ha rehusado esta mañana un sueldo de treinta pesos que le ofrecí porque me sirviera de secretario.

—Ah, ah —exclamó atusándose su bozo Agustín—, es decir que quiere hacer el fiero. —¿No quiere servirte de secretario?— preguntó doña Engracia.

—Sí, sí, acepta el puesto; pero no admite el sueldo.

Leonor miró a su padre como si sólo entonces oyese la conversación, y Agustín reclinándose en un sofá:

—Es para que le perdonen lo de los botines —dijo, contemplando con satisfacción sus elegantes chinelas de taco rojo y su pantalón de mañana.

En aquel instante entró Martín, a quien habían llamado a almorzar.

—Amigo Martín, ¿con que se duerme mal en Santiago? —le dijo Agustín saludándole.


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