MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Vea usted, don MartÃn —dijo después de algunos instantes de reflexión—, Santiago está ahora lleno de gentes que sólo se ocupan de polÃtica. Si usted me permite un consejo, le diré que tenga mucho cuidado con esos pretendidos liberales. Siempre están abajo, nunca contentos y jamás han hecho nada de bueno; acá para entre nosotros, creo que un hombre, para perderse completamente, no tiene más que hacerse liberal. En Chile, a lo menos, creo muy difÃcil que suban.
La franqueza de estas palabras dio a conocer a MartÃn los principios polÃticos que constituÃan la profesión de fe con que don Dámaso aspiraba a ocupar un puesto en el Senado de la República. Alejado del trato social y entregado únicamente a sus estudios, Rivas ignoraba que aquella profesión era la que Ãntimamente cultivan la mayor parte de los polÃticos de su patria. Su juicio recto y su noble orgullo de joven le hicieron concebir muy triste idea de su protector como personaje polÃtico. En este juicio tenÃa más parte su instinto que su criterio, porque MartÃn no habÃa pensado jamás con detención en las cuestiones que agitan a la humanidad como una fiebre, que sólo calmará cuando su naturaleza respire en la esfera normal de su existencia, que es la libertad.
Poco antes de almorzar, don Dámaso refirió a su mujer y sus hijos los percances ocurridos a Rivas.