MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Quiero más bien disponer del aprecio de usted —contestó Rivas con un acento de dignidad que hizo sentir a don Dámaso cierto respeto por aquel pobre provinciano, que rechaza un sueldo que muchos en su lugar habrÃan codiciado.
MartÃn se impuso de lo que tendrÃa que hacer en el escritorio de don Dámaso y éste, mientras recorrÃa algunos papeles, pensaba, a pesar suyo, en la conducta de su protegido. Para ciertas hombres, un rasgo que revela desprendimiento del dinero es el colmo de la magnanimidad. Por manera que don Dámaso admiró como un verdadero heroÃsmo las palabras de MartÃn. El culto del oro ha tenido siempre tan numerosos prosélitos, que una excepción parece increÃble, sobre todo en los tiempos que alcanzamos. Al mismo tiempo que su admiración, y tal vez como la única manera de explicársela, se ocurrió a don Dámaso la idea de que Rivas tenÃa sus puntillas de lo que los hombres positivos llaman quijotismo y, preocupado como estaba de pensamientos polÃticos, pensó en que aquel joven serÃa muy fácil de arrastrar por las que, desde su conversación de la noche procedente, juzgaba vanas palabras de libertad y de fraternidad.