MartÃn Rivas
MartÃn Rivas MartÃn refirió entonces circunstanciadamente su aventura. Al terminar vio que su protector hacÃa visibles esfuerzos para contener la risa.
—Siento en el alma lo que le ha sucedido —dijo don Dámaso, apelando a toda su seriedad—, y para olvidar este desagradable suceso hablaré a usted de un proyecto que tengo relativo a su persona.
—Estoy a sus órdenes —contestó el joven, sin atreverse a exigir el secreto a don Dámaso sobre su aventura.
—Dispone usted de muchas horas desocupadas en el dÃa después de atender a sus estudios —dijo el caballero—, y desearÃa saber si usted tiene inconveniente en ocuparse de mi correspondencia y de algunos libros que llevo para el arreglo de mis negocios. Yo daré a usted por este servicio treinta pesos al mes y me alegraré mucho de que usted acepte mi proposición: será usted como mi secretario.
—Señor —contestó MartÃn—, acepto la ocasión que usted me presenta de corresponder en algo a la bondad con que usted me trata y llevaré gustoso sus libros y correspondencia; pero me permitirá no hacer igual aceptación del sueldo con que usted quiere retribuir tan ligero servicio.
—Pero hombre, usted es pobre, MartÃn, y asà podrÃa usted disponer de cincuenta pesos.