MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Santiago es una ciudad silenciosa desde temprano, asà fue que Rivas no tuvo más espectáculo durante sus correrÃas que las fachadas de las casas y los serenos que roncaban en cada esquina, velando por la seguridad de la población.
Al dÃa siguiente pudo MartÃn entrar a la casa cuando se abrÃa la puerta para dar paso al criado que iba a la plaza. Éste le miró con una sonrisa burlona, que sirvió de precursor al joven para saborear de antemano la humillación en que se encontrarÃa pronto ante la familia de don Dámaso.
Poco antes de la hora de almorzar bajó al patio, resuelto a arrostrar la vergüenza de su situación antes que dejar el campo libre a las suposiciones de su huésped y de sus hijos.
Don Dámaso vio a MartÃn que se dirigÃa a su escritorio y le abrió la puerta.
—¿Cómo se ha pasado la noche, MartÃn? —preguntó, contestando el saludo del joven—. Muy desgraciadamente, señor —contestó éste.
—¡Cómo! No ha dormido usted bien.
—He pasado en la calle la mayor parte.
Don Dámaso abrió tamaños ojos.
—¡En la calle! Y dónde estuvo usted hasta las doce, hora en que se cerró la puerta. —Estuve preso en el cuartel de policÃa.