Martín Rivas

Martín Rivas

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«Si Leonor me perdonase lo ridículo del trance en que me hallo», pensaba Martín, «lo demás me importaría muy poco, y yo sabría castigar la insolencia del que se atreviese a reír».

Esta sola reflexión manifestaba que Rivas, por más que hubiese querido huir de la profunda impresión que la vista de Leonor le había dejado en el alma, sólo había conseguido pensar en ella.

«¡Me despreciará!», pensaba con amarga tristeza.

A veces le ocurría la idea de regresar a Copiapó con los cortos recursos de que disponía, y consagrarse allí a trabajar para su familia; mas, pronto su enérgica voluntad le hacía avergonzarse de querer quebrantar su juramento por el vano temor de verse despreciado de una mujer que sólo había visto una vez.

El Mayor llegó a las doce de la noche y concedió audiencia a Martín. Después de la relación que éste hizo del suceso, el Jefe vio que las palabras del joven hablaban más en su favor que la pobreza de su traje, y dio orden de ponerle en libertad. Martín llegó a las doce y media a casa de su protector y encontró cerrada la puerta. Dio algunos ligeros golpes que nadie, al parecer, oyó en el interior de la casa y se retiró sin atreverse a hacer otra tentativa para entrar. Armóse de paciencia y se resolvió a pasar la noche recorriendo las calles sin alejarse mucho de casa de don Dámaso.


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