Martín Rivas

Martín Rivas

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Leonor miró durante algunos momentos a Edelmira con una expresión indefinible; la admiración y los celos que dormitan en el fondo de todo amor verdadero ocuparon al mismo tiempo su alma. En esos momentos, que fueron muy rápidos, se dijo al mismo tiempo: «Le ama tanto como yo» y «¡Pobre niña! ¡Tiene un corazón angelical!».

Y como dijimos, aquel instante de involuntaria reflexión pasó con rapidez, porque Leonor se arrojó enternecida en brazos de Edelmira.

—Dios sólo —le dijo— es capaz de recompensar a usted por tanta generosidad. Si algo vale para usted mi eterno reconocimiento, acéptelo, Edelmira, y permítame ser su amiga.

Estas palabras, pronunciadas con todo el calor de un alma generosa, calmaron el llanto de Edelmira y le devolvieron la serenidad.

Leonor repitió mil veces sus protestas de agradecimiento con aquellas palabras cariñosas que las mujeres saben emplear en la efusión del corazón, y supo hacer olvidar a Edelmira la diferencia social de sus condiciones respectivas.

En la mañana del día siguiente, Ricardo y Amador se presentaron en casa de don Dámaso y arreglaron con Leonor y Agustín el plan de fuga que debía ejecutarse en la noche de ese día.


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