MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Estará libre o pierdo mi nombre —dijo el oficial, apoderándose de una mano de Edelmira y sellando con un ardiente beso aquella especie de juramento.
La niña le hizo repetir varias veces que no faltarÃa a su palabra, y AgustÃn se comprometió a traer el dinero necesario para pagar al centinela que debÃa ayudar a la fuga.
Edelmira y Amador regresaron con AgustÃn a casa de don Dámaso, en donde Leonor les esperaba, entregada a una inquietud muy cercana del delirio.
Cuando Edelmira le dijo que MartÃn se salvarÃa, Leonor dio un grito de contento y tomándola entre sus brazos la colmó de locas caricias.
—¿Y cómo ha conseguido usted esto? —preguntó Leonor, sin notar que Edelmira, presa de un profundo abatimiento, habÃa ocultado su rostro para no dejar ver las lágrimas que lo bañaban.
—Jurándole que me casarÃa con él —contestó la niña.
Y al dar aquella respuesta pareció que la abandonaban el valor y la resignación que durante su entrevista con Ricardo habÃa desplegado, pues los sollozos casi ahogaron sus últimas palabras.