MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Quisiera que usted repitiese a este caballero lo que al salir nos encargó la señorita Leonor —le dijo.
—¡Cáspita!, no es tan fácil. Mi hermana habló como un loro y yo no brillo por la buena memoria —contestó el elegante.
—SÃ, pero usted no puede haber olvidado —replicó Edelmira— lo que ella dijo para el caso de que Ricardo perdiese su empleo.
—¡Ah…!, eso no; dijo que papá responde de todo, y Leonor puede decirlo porque ella lleva a papá por la punta de la nariz.
—Ya ve usted que no lo engaño —dijo en voz baja Edelmira a Ricardo.
Este tono confidencial de la que siempre se le habÃa mostrado desdeñosa, hizo brillar de alegrÃa y de amor el rostro del oficial.
—Yo no digo que usted me engañe en eso —replicó—. DÃgame no más que me cumple su palabra de casarse conmigo y que no se quejará después si quedo pobre.
—Si MartÃn está libre mañana en la noche —contestó Edelmira, haciendo inauditos esfuerzos por ocultar su emoción—, estoy dispuesta a casarme con usted el dÃa que quiera.