MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Y quién me asegura que después que MartÃn esté libre usted cumpla su palabra? —Lo juraré si usted quiere delante de testigos, en presencia de mi madre, que hasta hoy me ha hablado de usted.
—Vea, Edelmira —dijo Ricardo después de reflexionar algunos segundos—, usted sabe que yo la he querido y la quiero mucho. ¿Qué más quisiera yo que casarme con usted, pues? Pero la condición que usted pone es muy dura; si dejo arrancarse a MartÃn, me pueden dar de baja.
—Ah, si usted aprecia más su carrera que a mÃ…
—No quiero decir eso, sino que perdiendo mi sueldo me quedo en la calle y la quiero demasiado a usted para que me pudiese conformar con verla pobre a mi lado.
—Si es por eso no más, creo que no tiene usted por qué temer.
—¿Cómo pues?
—Si alguna persona rica, agradecida al servicio que le hiciera poniendo en libertad a MartÃn, le prometiese hacerse cargo de su suerte, ¿tendrÃa usted dificultad en acceder a lo que le pido?
—No tendrÃa, ya le digo que lo hago por usted.
Edelmira llamó a AgustÃn, que en ese momento se hallaba con Amador cerca de la puerta de la pieza.