Martín Rivas

Martín Rivas

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«Acaso —le decía al concluir— la muerte no sea para mí un mal en las presentes circunstancias. Obstáculos casi insuperables se me presentarían, si viviese, para realizar la felicidad a que Leonor me ha dado el derecho de aspirar; y tal vez, combatiéndolos, habría sufrido humillaciones demasiado crueles para mi corazón. Tengo confianza en Dios y no me falta valor; las puras bendiciones de ustedes me allanarán el camino para comparecer ante el divino Juez».

Cerrada esta carta, parecióle que podía ocuparse ya enteramente de Leonor. Para hablarle de su inmensa pasión le escribía la historia del modo como ella había nacido y desarrollándose en su alma. Sencilla y tierna historia de enamorado, llena de ideales aspiraciones, de ardientes amarguras borradas ya de la memoria con la dicha de los últimos días. El trágico fin que aguardaba al protagonista era la única sombra de aquel cuadro pintado con los diáfanos colores de la juventud y del amor. Martín lo retocaba con la predilección del artista por su obra favorita, y añadía una frase de amor a las mil que la esmaltaban, cuando la puerta de su calabozo se abrió en silencio.

Era la oración, y Martín vio entrar a un hombre embozado, que no pudo conocer al instante.

Éste se quitó el embozo al acercarse a la mesa en que Rivas escribía a la luz dudosa de una negra vela de sebo.


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