Martín Rivas
Martín Rivas »Conociendo, por la pintura que tantas veces te he hecho, el carácter de Leonor, te explicarás cómo haya podido ella conseguir que sus padres y toda su familia aceptasen nuestra unión con inequívocas muestras de alegría. Así lo deseaba ella y así ha sido. Don Dámaso, después de obtener mi indulto con poderosos empeños, ha tenido que reconocer delante de su hija que él, al casarse, no estaba en muy superior condición a la mía.
»Doña Engracia se ha mostrado, como siempre, dócil a la voluntad de su hija; Agustín me trata como a un hermano, y todos los miembros de la familia siguen su ejemplo. Después de esto, ¿qué me queda que agregar? Pintarte mi felicidad sería imposible. Leonor parece haber guardado para mí solo un tesoro de dulzura y de sumisión de que nadie la creía capaz. Ella dice que quiere borrar de mi memoria la altanería con que me trató al principio. Hablándome del sacrificio de Edelmira, me dijo anoche: “Yo sólo puedo admirarla, pero conozco que no habría tenido su generosidad. Usted que me ha hecho conocer el amor, me ha dado también a conocer el egoísmo”.