Martín Rivas
Martín Rivas »En fin, mi querida Mercedes, si me dejase llevar del deseo, te describiría una a una las escenas en que oigo palabras llenas de una ternura indecible, de esas que sólo ustedes, las mujeres, saben decir cuando aman. Pero así, esta carta no terminaría nunca y el correo se marcha hoy.
»Transmite a mi madre el cariñoso abrazo que te envía tu amante hermano
»MARTÍN».
Quince días después de enviar esta carta, escribió otra Rivas a su hermana, participándole su enlace con Leonor. Esa carta era menos expansiva que la anterior. «Hubiera querido —le decía al terminar— ir yo en persona a traerlas a ustedes; pero es un punto sobre el cual Leonor ha hecho valer su antigua altivez. “Irás”, me ha dicho, “pero conmigo”. No tarden, pues, en venirse; sólo ustedes me faltan para completar mi felicidad».
Don Dámaso Encina encomendó a Martín la dirección de sus asuntos, para entregarse, con más libertad de espíritu, a las fluctuaciones políticas que esperaba le diesen algún día el sillón de Senador. Pertenecía a la numerosa familia que una ingeniosa expresión califica con el nombre de tejedores honrados, en los cuales la falta de convicciones se condecora con el título acatado de moderación.