MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —No sufriré la arrogancia de nadie y responderé siempre en el tono que usen conmigo —dijo MartÃn—, y ya que usted se ha dirigido a mà —añadió—, le advertiré que aquà sólo admito lecciones de mi profesor y únicamente en lo que concierne al estudio.
—Tiene razón este caballero —exclamó Rafael San Luis adelantándose—; tú, Miguel, has contestado al señor con aspereza cuando él sólo cumplÃa con su obligación corrigiéndote. Además, el señor está recién llegado y le debemos a lo menos las consideraciones de la hospitalidad.
La discusión terminó con estas palabras, que el joven San Luis habÃa pronunciado sin afectación ni dogmatismo.
MartÃn se acercó a él con aire tÃmido.
—Creo que debo dar a usted las gracias por lo que acaba de decir en favor mÃo —le dijo—, y le ruego las acepte con la sinceridad con que se las ofrezco.
—Asà lo hago —le contestó Rafael, tendiéndole la mano con franca cordialidad.
—Y ya que usted se ha dignado hablar en mi favor —continuó Rivas—, le suplico que cuando pueda me guÃe con sus consejos. Hace muy poco tiempo que habito en Santiago e ignoro las costumbres de aquÃ.