MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Por lo que acabo de ver —contestó Rafael—, usted poco necesita de consejos. Lo que predomina en Santiago es el orgullo, y usted parece tener la suficiente energÃa para ponerlo a raya. Ya que hablamos sobre esto, le confesaré a usted que intercedà hace poco en su favor porque me dijeron que era pobre y no conocÃa a ninguno de nuestros condiscÃpulos. Aquà las gentes se pagan mucho de las exterioridades, cosa con la cual no convengo. La pobreza y el aislamiento de usted me han inspirado simpatÃas, por ciertas razones que nada tienen que ver con este asunto.
—Me felicito por tales simpatÃas —dijo MartÃn—, y me alegraré mucho si usted me permite cultivar su amistad.
—Tendrá usted un triste amigo —replicó San Luis con una sonrisa melancólica—, pero no me falta cierta experiencia que acaso pueda aprovecharle. En fin, eso lo dirá el tiempo. Hasta mañana.
Con estas palabras se despidió, dejando una extraña impresión en el ánimo de MartÃn Rivas, que se quedó pensativo, mirándole alejarse.