MartĂn Rivas
MartĂn Rivas —Es un parvenido —dijo AgustĂn—, papá tiene razĂłn. A la Ă©poca donde estamos, todos quieren plata.
—Y hacen bien, cuando hay pobres que la merecen más que muchos ricos —exclamó Leonor.
Estas pocas palabras arrojaron la duda en el espĂritu de Rivas. La energĂa, la emergencia con que Leonor defendĂa a Rafael de los ataques de su padre y de su hermano, y las palabras de su amigo sobre el amor, hicieron brillar de repente cierta luz a sus ojos, que hiriĂł su corazĂłn con un malestar desconocido. No podĂa pensar sino que San Luis habĂa amado a Leonor y que su pasiĂłn habĂa sido condenada por don Dámaso. Semejante descubrimiento le desazonĂł como si acabase de recibir alguna triste noticia, y se entregĂł al trabajo sin explicarse el descontento que le hacĂa mirar el porvenir bajo un prisma sombrĂo.
Cuando hubo despachado la correspondencia de don Dámaso, su pensamiento, despuĂ©s de dar mil vueltas a la misma idea, no habĂa llegado más que a esta conclusiĂłn que le llenaba de desconsuelo.
—No hay duda que se han amado, y puesto que Leonor le defiende, debe amarle todavĂa.