MartÃn Rivas
MartÃn Rivas MartÃn pensó con disgusto que el tono afectuoso que empleaba Leonor para hablarle serÃa un nuevo medio de someterle a algún interrogatorio parecido al del dÃa anterior. Entró al salón tras de la niña y permaneció de pie, algo distante de una poltrona en que ésta se habÃa sentado.
Leonor le señaló con amabilidad una silla.
—Ayer se retiró usted sin que yo le viese —le dijo, mirándole fijamente.
—Señorita —contestó Rivas, serenado ya de la turbación en que estaba—, creà que usted no tenÃa nada más que preguntarme.
—No fue sólo con ese objeto que le convidé a usted. Es cierto que cometà la distracción de dejarle solo, y por eso he querido hablar con usted para manifestarle el sentimiento que tengo al pensar que puedo haberle ofendido sin intención alguna. Estaba preocupada y no pensé en lo que hacÃa.