MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Al verse, empero, en presencia del joven y en la necesidad de dar excusas, Leonor sintió que el paso no era tan fácil como al principio le habÃa parecido. Era para ella tan extraña la situación, que sólo la firmeza de su voluntad pudo decidirla a cumplir lo que, sin calcular los inconvenientes, habÃa resuelto. Asà fue que al hablar temió que sus palabras tuviesen alguna otra interpretación a los ojos de MartÃn, y empleó el tono de voz que la colocaba muy alto sobre el hombre a quien se dirigÃa.
Después de hablar, miró a Rivas para leer en su semblante la impresión que habÃa recibido. Las últimas palabras despertaron las sospechas del joven, y brilló en sus ojos el descontento que le causaban. Empleando entonces el mismo tono que Leonor:
—Por mi parte, señorita —dijo—, ayer sentà en el alma no poder dar a usted más circunstanciados informes sobre la persona que parece interesarle.
—¡Si no es por mÃ! —exclamó sorprendida Leonor, olvidándose de todo sigilo y del afectado tono de superioridad con que acababa de hablar.
—¡Ah! —dijo MartÃn, sin poder ocultar su alegrÃa—, ¡no es por usted!
Leonor, con la penetración propia de su sexo en asuntos del corazón, supo interpretar la alegrÃa que se pintó en el rostro del joven.