MartÃn Rivas
MartÃn Rivas «¿Que me amará?», se preguntó, sintiendo una vaga timidez bajo la ardiente mirada con que Rivas habÃa pronunciado las últimas palabras.
Luego, como picada de la sorpresa que habÃa sufrido al decir que no se informaba de San Luis por interés propio, volvió a su tono de voz anterior, cual si hubiese querido castigar a Rivas por la osadÃa de amarla.
—Veo, caballero —dijo—, que usted tiene una imaginación muy viva para basar suposiciones sobre lo que oye.
—Es verdad, señorita, confieso que he pensado con ligereza —contestó él, sin llegar a comprender a aquella niña, que le llamaba para darle satisfacciones y poco después le reconvenÃa con acento más duro aún que sus palabras.
—¿Qué motivos tuvo usted para pensar que yo tuviese algún interés por San Luis al informarme acerca de su vida?
—Ninguno, y le protesto a usted con la mayor sinceridad que, si tal sospecha nació involuntariamente en mi imaginación, no he hecho ni harÃa jamás uso de ella.
—Asà lo espero —le dijo Leonor con una mirada altanera que oprimió dolorosamente el corazón de MartÃn.