MartÃn Rivas
MartÃn Rivas En este momento entró doña Engracia seguida por su marido. Al atravesar la primera pieza contigua al salón, don Dámaso vio que Rivas y Leonor estaban solos. —¿Por qué está la niña sola con este muchacho?— dijo a doña Engracia.
Al entrar entabló una conversación de negocios con MartÃn, mientras que la señora participó a su hija la observación del padre.
—Mi papá no piensa lo que dice —exclamó Leonor con indignación—, y da demasiada importancia a su protegido. Bien está que le conceda habilidad si, como dice, le ayuda tanto en los negocios; pero no convengo en que le suponga tanto valimiento para que yo fuese a fijarme en él.
La madre bajó la cabeza sin atreverse a replicar y se consoló del poco prestigio de su autoridad tomando en las faldas a Diamela, que saltaba a sus pies para recordar su presencia.
Don Dámaso, entretanto, habÃa olvidado ya la impresión que acababa de recibir al ver solo a MartÃn con su hija, y oÃa la opinión que éste le daba sobre una importante especulación que se hallaba con ánimo de emprender.