MartÃn Rivas
MartÃn Rivas La contestación de Leonor a su madre manifestaba que don Dámaso hacÃa frecuentes elogios de su secretario, el que, iniciado en sus secretos comerciales como autor de la correspondencia que mantenÃa con sus agentes de las provincias, le habÃa ayudado más de una vez con saludables consejos. Para esto MartÃn habÃa hecho uso de la clara inteligencia que habÃa recibido del cielo, más que de la experiencia mercantil, de que casi completamente carecÃa. Movido por el deseo de pagar con algo la hospitalidad que se le daba, ponÃa todo su conato en desempeñar su puesto de modo que don Dámaso conociese su importancia y se felicitase de tenerle a su lado. De manera que, en el corto tiempo que habÃa prestado sus servicios, MartÃn gozaba de un alto concepto en el ánimo de don Dámaso y era consultado en los negocios que éste emprendÃa con sus cuantiosos bienes.
En aquel instante, como dijimos, la conversación rodaba entre ellos sobre negocios, y MartÃn acababa de dar una opinión que abrÃa un nuevo campo a las especulaciones de don Dámaso. Éste, lleno de satisfacción, buscaba un medio de expresar al joven su reconocimiento.
—He notado —le dijo— que usted no viene al salón en la noche.
—Mis estudios, señor, poco tiempo me dejan —contestó Rivas, a quien semejante observación llenaba de contento, porque veÃa en ella la posibilidad de acercarse a Leonor y de conocer a los que la cortejaban.