Martín Rivas

Martín Rivas

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—Sin embargo —replicó don Dámaso—, cuando tenga tiempo, venga usted con confianza; yo deseo que usted se relacione y vaya conociendo a nuestra sociedad. Para un joven que se dedica a la abogacía las amistades son siempre una ventaja.

En la noche aprovechó Martín aquella invitación para presentarse en los salones de doña Engracia, en los que a las nueve se hallaban ya reunidas las personas que conoce el lector.

Necesario es también advertir que, en su corto tiempo de permanencia en Santiago, Rivas había mejorado notablemente sus prendas de vestuario, valiéndose de una industria indicada por Rafael San Luis. Ésta consistía en pedir artículos a un sastre mediante el pago de doce pesos al mes, que Martín había principiado a pagar al recibir un traje completo. De este modo podía ya presentarse con la decencia necesaria, habiendo dejado ocho pesos para atender a sus otros gastos mensuales.

Para comprender la agitación que reinaba aquella noche en casa de don Dámaso, daremos una idea de la situación de la capital, que explicará la conversación que mantenían los tertulianos de doña Engracia y pintará el estado de los espíritus en aquella época de ardiente preocupación política.


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