El Decamerón
El Decamerón Había Gualterio hecho educar diligentemente a sus hijos en casa de su parienta, que estaba casada con el conde de Pánago. Tenía la niña doce años ya y era la más bella mocita imaginable, y el muchacho contaba seis. Gualterio había encargado a su parienta de Bolonia que con los mozos viniese a Saluzzo, llevando consigo buena y decorosa compañía, y le encargó que dijese a todos que la muchacha iba para casar, sin a nadie decir quien era. El caballero, haciendo lo que el marqués le rogaba, se puso a los pocos días en camino con la muchacha y su hermano, y él y una muy noble compañía llegaron a la hora del almuerzo a Saluzzo, donde todos los aldeanos y muchos vecinos de los contornos esperaban para ver llegar a la nueva esposa de Gualterio. La cual fue por las mujeres recibida y llevada a la sala donde estaban las mesas puestas. Y Griselda, tal como estaba, risueñamente salió a su encuentro, diciendo:
—Bien venida seáis, mi señora.
Las mujeres, que mucho y en vano habían rogado a Gualterio que dejase a Griselda permanecer sola en una cámara, o le prestase alguno de los trajes que habían sido suyos, para que no se presentase así a los forasteros, fueron acomodadas ante una mesa y comenzóselas a servir. Todos los hombres miraban a la muchacha y decían que Gualterio había hecho buen cambio, pero quien la alababa más, así como a su hermanito, era Griselda.