El Decamerón
El Decamerón Gualterio, pensando haber visto ya cuanto pudiera ver de la paciencia de su esposa, y advirtiendo que cosas tan insólitas no la cambiaban en nada, comprendió que no obraba así por mentecatez, sino por discreción, y parecióle que era hora ya de sacaría de tal amargura como imaginaba que debía encubrir bajo su compuesto semblante. Y, haciéndola venir, en presencia de todos le dijo, sonriendo:
—¿Qué te parece mi esposa?
—Señor —repuso Griselda—, me parece muy bien, y si es tan discreta como hermosa, no dudo de que seréis con ella el más feliz caballero del mundo. Pero os ruego tanto como puedo que no hagáis sufrir a ésta lo que hicisteis a otra que vuestra fue, pues no creo que ella pudiera soportarlo, por ser más joven y porque entre delicadezas se ha criado, mientras la otra lo fue entre fatigas.
Viendo Gualterio que Griselda creía firmemente que la mocita iba a ser su esposa, sin que por eso la mujer dejase de hablar decorosamente, la hizo sentar a su lado y dijo: