El Decamerón
El Decamerón —Griselda, ya es tiempo de que recojas el fruto de tu larga paciencia, y también de que aquellos que me han reputado cruel, inicuo y bestial, conozcan que lo hacÃa mirando a un predeterminado fin y queriendo a ti enseñarte a ser buena esposa, a ellos a saberte honrar, y a mà a tener perpetua quietud mientras contigo viviese. Lo que, cuando se trató de tomar mujer, tuve gran miedo de que no me ocurriese, y por eso, para bien garantizarme, por cuantos medios pude te ofendà e hice sufrir. Y como nunca he advertido que ni con palabras ni con hechos te hayas apartado de mi deseo, pareciéndome poder encontrar en ti el consuelo que deseaba, pretendo devolverte en una hora lo que en muchas te quité y curarte con suma dulzura las heridas que te abrÃ. Y asà con risueño ánimo toma a ésta que tú mi esposa crees, y a su hermano, y sabe que son nuestros hijos. Ellos son los que tú y otros durante mucho tiempo creÃsteis que yo cruelmente habÃa hecho matar; y en cuanto a mÃ, tu marido soy, y sobre todas las cosas te amo; y aun creo que no hay otro que pueda, como yo, jactarse de tener mujer parecida.