El Decamerón

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Y, dicho esto, la abrazó, y con ella, que lloraba de alegría, se acercaron adonde su hija permanecía, estupefacta de oír tales cosas, y abrazáronla tiernamente y a su hermano también, y con esto todos los que otra cosa creían se desengañaron. Las mujeres, muy contentas, se levantaron de la mesa y se fueron con Griselda a una habitación donde, bajo mejores auspicios que la primera vez, la desnudaron y la vistieron de espléndidas ropas, y como a señora (aunque ni vestida de andrajos hubiera dejado de parecerlo) la condujeron otra vez a la sala. Hízose a los muchachos maravillosa fiesta, y todos andaban muy contentos de tales cosas, y el solaz y el regocijo se multiplicaron y duraron varios días. Y todos por muy discreto tuvieron a Gualterio, aunque rigurosas e intolerables juzgaran las experiencias hechas con su mujer, pero por más discreta aún tuvieron a Griselda. Después de algunos días el conde Pánago tornó a Bolonia, y Gualterio, sacando a Juanico de sus tareas, le puso en categoría de suegro, de suerte que muy honrado y consolado terminó la vejez. Y luego, casando muy bien a su hija, con Griselda, a la que siempre honró cuanto pudo, larga y felizmente Gualterio vivió.





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