El Decamerón
El Decamerón Y asÃ, invitando a menudo la joven a Rústico y exhortándolo a servir a Dios, llegó la cosa al extremo de que él sentÃa frÃo en ocasiones en que otro hubiese sudado. Principió, pues, a decir a la joven que al diablo no habÃa que castigarlo ni meterlo en el infierno sino cuando él, por soberbia, levantara la cabeza.
—Y nosotros —dijo—, por la gracia de Dios, tanto le hemos escarmentado, que ya él ruega al Señor que se le deje en paz.
Con esto impuso algún silencio a la joven, la cual, viendo que Rústico no le pedÃa ya que metieran el diablo en el infierno, dÃjole un dÃa:

—Rústico, si ya tu diablo está castigado y no te importuna, a mà mi infierno no me deja sosegar, de manera que conviene que tú, con tu diablo, mitigues la rabia de mi infierno como yo con mi infierno he mitigado la soberbia de tu diablo.