El Decamerón
El Decamerón Y, para que ello no se repitiese, seis veces volvieron a meterlo antes de levantarse del camastro, y de tal modo le extrajeron la soberbia de la cabeza, que quedóse tranquilo. Pero después volvióle la soberbia más veces y la joven siempre se mostró dispuesta a sacársela, hasta que el juego le acabó gustando, y dijo a Rústico:
—Ya veo que era verdad lo que decía aquella buena gente de Capsa, esto es, que el servir a Dios es cosa dulce; y por cierto que no recuerdo haber hecho otra que me diera tanto deleite y placer como meter el diablo en el infierno, por lo que juzgo que toda persona que piensa en otro asunto que en servir a Dios, debe ser una bestia.
Con lo cual muchas veces se acercaba a Rústico y le decía:
—Padre, yo he venido aquí para servir a Dios y no para estar ociosa. Vayamos, pues, a meter el diablo en el infierno.
Y, mientras lo hacían, dijo alguna vez:
—Rústico, yo no sé por qué el diablo se fuga del infierno, que si allí se estuviera tan de buen grado como el infierno lo recibe y tiene, no saldría jamás.