El Decamerón
El Decamerón —Tienes el infierno; y te digo que creo que Dios te ha mandado aquà para salvación de mi alma, porque siempre que el diablo me cause esta importunidad, si tienes piedad de mà y permites que yo en el infierno lo meta, tú me darás grandÃsimo consuelo y a Dios daremos mucho placer y servicio si es que tú a estas regiones para eso viniste.
La joven, de buena fe, repuso:
—Padre mÃo, puesto que yo tengo el infierno, sea ello cuando os plazca.
Dijo entonces Rústico:
—¡Bendita seas, hijita mÃa! ¡Bendita seas! Vamos a meter en seguida en el infierno al diablo, para que me deje en paz.
Y, esto diciendo, llevó a la joven a una de las yacijas y le enseñó cómo debÃa ponerse para encarcelar a aquel maldito de Dios. La joven, que nunca en el infierno habÃa puesto diablo alguno, se sintió la primera vez molesta y dijo a Rústico:
—Malo, padre mÃo, debe ser ese diablo y muy enemigo de Dios, porque aun en el infierno, sin hablar de otros lugares, duele cuando se le mete.
—Hija, no será siempre asà —dijo Rústico.