El Decamerón
El Decamerón —Pronto lo sabrás, y para ello haz lo que me veas hacer.
Y comenzó a quitarse las pocas ropas que llevaba, hasta quedar del todo desnudo y lo mismo hizo la muchacha; y él, arrodillándose como para orar, la atrajo cerca de sÃ. Y, asà estando, Rústico sintióse más encendido que nunca en deseos al verla tan bella, con lo que se produjo la resurrección de la carne. Notándolo Alibech, maravillóse y dijo:
—Rústico, ¿qué cosa es esa que te veo, que sobresale hacia fuera y que no la tengo yo?
—Hija mÃa —dijo Rústico—, éste es el diablo de que te he hablado, y tantas molestias me da que no lo puedo sufrir.
Entonces dijo la joven:
—Loado sea Dios, que ya veo que estoy mejor que tú, puesto que no tengo ese diablo.
Dijo Rústico:
—En verdad que en cambio tienes otra cosa que no tengo yo.
—¿El qué? —preguntó Alibech.
A lo que Rústico dijo: