El Decamerón
El Decamerón Y púsola en camino, y ella, llegando y siendo acogida con iguales palabras, alcanzó, más adelante, el refugio de un ermitaño joven, llamado Rústico, que era persona devota y buena; e hízole las mismas preguntas que a los demás. Y él, por poner muy a prueba su firmeza, no la despidió como los otros, sino que la retuvo consigo en su retiro, y al llegar la noche hízole un camastro de hojas de palma y le dijo que se acostase allí. Mas las tentaciones no tardaron en dar batalla a las fuerzas del eremita, el cual, hallándose muy engañado sobre ellas, sin esperar demasiados ataques volvió las espaldas y consideróse vencido. Dio, pues, de lado los santos pensamientos y las oraciones y disciplinas, para sólo fijar en la memoria la juventud y belleza de la muchacha, pensando también en la forma de llegar, sin que ella lo notase, a conseguir, como hombre disoluto, lo que de ella quería. Primero probó, con ciertas preguntas, a saber si Alibech no había conocido varón todavía y si tan simple era como mostraba. Y en cerciorándose, creyó que podía acomodarla a sus placeres so capa de servir a Dios. Y así, ante todo le mostró con muchas palabras lo muy enemigo de Dios que era el diablo, y luego le dio a entender que el mejor servicio que se podía hacer a Dios era meter el diablo en el infierno al que el Señor le había condenado. La jovencita le preguntó cómo se ejecutaba eso, y Rústico le contestó: