El Decamerón
El Decamerón Hubo, no ha mucho, en Florencia una joven muy bella y gallarda dentro de su condición de hija de un hombre pobre y llamada Simona. Y aunque tenÃa que ganarse el pan con el trabajo de sus manos y se mantenÃa hilando lana, no era por ello de ánimo tan mezquino que dejase de acoger al Amor en su mente. Y lo recibió merced a las palabras y hechos lisonjeros de un joven que se encargaba de distribuir lana de un maestro lanero a las hilanderas. Digo, pues, que ella acogió al Amor en el placentero aspecto del joven que mencioné y que se llamaba Pasquino. Y, deseándole mucho y no osando de otro modo demostrarlo, a cada tramo de lana que hilaba en el huso mil ardorosos suspiros exhalaba, acordándose de quien la lana le llevaba a hilar. Él, muy solÃcito de la lana que se hilaba para su maestro, más procuraba emplear en el trabajo a Simona que a las otras. Y asÃ, uno solicitando y la otra deseando ser solicitada, ocurrió que él un dÃa osó más que otras veces y ella abandonó su timidez y vergüenza más que de costumbre, y entregáronse juntos a sus placeres. Los cuales tanto les agradaron que después, sin esperar a ser invitados, mutuamente a ello se invitaban. Y continuando este placer dÃa tras dÃa, y siempre más inflamándose, dijo Pasquino a Simona que querÃa llevarla a un jardÃn donde con más facilidad y menos sospechas podÃan estar juntos. Dijo Simona que le placÃa, y un domingo, después de comer, diciendo a su padre que iba a una penitencia a San Galo, con una compañera suya, llamada Lagina, fue al jardÃn. Y él llegó con un compañero suyo, que tenÃa por nombre Puccino, aunque le apodaban Stramba. Y, mientras éste y Lagina urdÃan a su vez un amorÃo, los otros dos, dejándolos en una parte del jardÃn, a otra se recogieron para a sus goces entregarse. HabÃa en el lugar donde Pasquino y Simona se apartaron una espléndida mata de salvia, junto a la que se acomodaron, y tras solazarse una muy buena pieza, empezaron a platicar de una merienda que en aquel mismo huerto pensaban hacer, con calma y sosiego. Y Pasquino, volviéndose a la mata de salvia, cogió una hoja y empezó a refregarse con ella dientes y encÃas, diciendo que la salvia limpiaba muy bien todos los restos de comida que en la boca quedaban. Tras restregarse un tanto, volvió a platicar de la merienda de que hablara, y cuando llevaba un trecho asà razonando, comenzó a demudársele el rostro y en poco tiempo perdió la vista y la palabra, y murió. Y, esto viendo Simona, empezó a clamar y llorar, y a llamar a Stramba y Lagina. Llegaron ellos y vieron a Pasquino, no ya muerto, sino todo hinchado y con manchas oscuras en todo el cuerpo; y vociferó Stramba: