El Decamerón

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Y, con sus clamores, hizo que acudiesen muchos que habitaban cerca del jardín, y llegando ellos al oír el alboroto, y viendo al muerto ya todo hinchado, y escuchando a Stramba dolerse de que Simona, había, con engaño, envenenado a su amante, mientras ella, en su dolor y fuera de sí, no acertaba a exculparse, todos entendieron que eran las cosas como decía Stramba, y así apresaron a la llorosa mujer y la llevaron al palacio del podestá. Allí, en presencia de Stramba y de Atticiano y Malagevole, que eran dos compañeros del difunto, el juez, sin dilación, empezó a interrogarla sobre lo ocurrido y, no pudiendo comprender que la joven hubiera obrado con malicia ni sido culpable, quiso ver el cadáver y el lugar y modo de lo sucedido, tal como ella lo explicaba, ya que con sus palabras no lo entendía bien. Hizo, pues, que se le llevara adonde el cuerpo de Pasquino yacía aún y, viendo a Pasquino hinchado como un odre, maravillóse y preguntó cómo había sucedido la peripecia. Ella lo dijo, y, acercándose a la mata de salvia, para hacerle ver bien la forma en que el caso había sobrevenido, hizo lo que Pasquino hizo y con una hoja de salvia se refregó los dientes. Stramba y Atticiano y los demás compañeros y amigos de Pasquino consideraban todo aquello cosa frívola y vana y en presencia del juez escarnecían la maldad de la acusada, sin pedir otra cosa sino que el fuego castigara tanta perversidad. Y la cuitada, muy dolorida por la muerte de su amante y atemorizada del castigo que Stramba pedía, cayó en igual accidente en que cayera Pasquino, refregándose los dientes con la salvia, no sin gran maravilla de todos los circunstantes. ¡Oh, almas felices que en un solo día terminaron su ferviente amor y su mortal vida, más felices, sobre todo, si a un mismo lugar a dar fueron, y todavía felices sobremanera si en la otra vida se ama y se aman allí como aquí se amaron! Y aún más feliz fue el alma de Simona, que ante el juicio de los que la sobrevivieron no padeció en su inocencia, empañada por la acusación de Stramba, Atticiato y Malagevole, gente vil, cardadores o caso algo más bajo, de cuyas infamias se libró, para seguir el alma de su amado Pasquino. El juez, pasmado del hecho, como cuantos estaban allí, no supo qué decir y largo rato permaneció estupefacto, hasta que, rehaciéndose, dijo:


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