El Decamerón
El Decamerón —Pues ella es; que en parte estuve donde oí contar a Guidotto el sitio en que el pillaje había sido hecho, y conocí que se trataba de tu casa. Haz memoria y ve si por algún signo puedes a la moza recordar; que yo tengo para mí que verdaderamente es hija tuya.
Pensó Bernardino y acordóse de que su hija debía tener sobre la oreja derecha una cicatriz en forma de cruz que le quedó de la extirpación de un grano que había habido que sacarle poco antes del accidente. Y, sin dilación, acercándose a Jacobino, que allí seguía, le rogó que le llevase a su casa y le hiciera ver a aquella joven. Jacobino accedió e hizo salir a la muchacha. Y, cuando ésta apareció, creyó Bernardino tener delante el rostro de su esposa, que era bella todavía. Pero, dejando eso, pidió a Jacobino que le hiciera la merced de dejarle alzar un tanto el cabello de la mocita y mirarle detrás de la oreja izquierda, a lo que Jacobino no puso reparo. Aproximóse Bernardino a la avergonzada niña, alzóle el cabello con la mano derecha y vio la cruz. Y entonces, conociendo que era en verdad su hija, comenzó a llorar y abrazarla tiernamente, no sin resistencia de la joven; y volviéndose a Jacobino, dijo: